6 de noviembre de 2011

Personal Fest, desde atrás

Los Strokes se llevaron de vuelta para Nueva York el color local nuestro. 10 años después de “Is this it”, hicieron florecer la argentinidad recitalera, los ohohohs que pintan cada vez que suena un riff reconocible y pegadizo. Y nosotros, que somos el mejor público del mundo, según la publicidad y la cortesía careta de todos los artistas internacionales que alguna vez nos visitaron, no podemos resistir a la tentación. De gritar, agitar, saltar y agolparnos lo más cerca que podamos del escenario. Con la cámara digital, el celular, el mp3. Lo que sea. Algo que registre ese momento mágico de catarsis y música en partes iguales.

Así es el rocanrol de hoy. Un festival dividido en clases sociales, lleno de posers y que suena igual a la radio que lo transmite en vivo (Metro), lo que hace que uno se pregunte si no será por eso que hoy vino tanta gente. El Personal Fest sirve de ejemplo (como tantos otros) para evidenciar la influencia de los medios de comunicación sobre los gustos de las personas. Meses y meses y meses y meses y meses pasando los mismos quince o veinte temas, que cuando se les termina su ciclo, son reemplazados por quince o veinte temas de los mismos artistas. O quizás por alguno de una banda similar. Y después viene la publicidad del festival, aparecida en la tanda o como PNT durante los programas. Los locutores prometen fiesta, prometen alguno de esos quince o veinte temas que venimos escuchando. Y nosotros vamos por eso. Porque ninguna de las bandas que tocaron el viernes pasado puede tildárselas de “populares”. Ninguna. Ni siquiera los remozados Oasis sin Noel que se hacen llamar Beady Eye y que lidera el Gallagher sucio, feo, malo; de dudoso talento pero imponente presencia, Liam. Que, encima, cree que la tiene más grande que su hermano y por eso no toca ningún tema de Oasis. Pero eso ya lo sabíamos: los Beady Eye no le dieron el gusto a ninguna de sus audiencias que alrededor del mundo tuvieron ¿la dicha? de verlos en vivo. El show no es malo; la banda suena bien y Liam canta como siempre: arqueado hacia atrás, con el micrófono ubicado unos centímetros arriba de su cara. Es eso lo que vinimos a ver. Lo que vimos en un montón de videos y en alguna de las cuatro veces que los Oasis vinieron a Buenos Aires. Pero falta algo, definitivamente. No alcanza con todos esos descartes de Oasis, por más simpáticos que sean “The roller”, “Millonaire” o “Beatles and Stones”.

Y ahí está, otra vez, el puto campo VIP. El inadmisible campo VIP. Las vallas que separan a los dos escenarios más importantes (díganme a quién se le ocurrió eso, que vamos a ir a buscarlo). Meter al público en un cuadrado de vallas de capacidad bastante inferior a la concurrencia, y haciendo que esta se convierta en una masa uniforme que salta y transpira, no es rock. No me jodan, a mí no me engañan más. Lo mío no es vejez ni amargura ni nada por el estilo. El rock es otra cosa, no apretar a la gente en un lugar en la que no cabe. Eso es una potencial tragedia. Ya lo vimos, ya lo vivimos. A nadie le importa, parece. Ni hablar de las pantallas, ridículamente pequeñas. ¿Cómo van a poner esas pantallitas de mierda, para que unas veinte, treinta, ¿cuarenta? mil personas vean más o menos un poco? Todo está hecho para que la pasemos mal, para que suframos un poco. Y nosotros seguimos yendo, claro que sí. Peor es estar tirado en la cama, pensando en lo que nos estamos perdiendo.

Volvamos a los Strokes y a nuestra graciosa legitimación, la que ohohea todo aquello que puede ser ohoheado: las versiones de “Machu Picchu”, “The modern age”, “You only live once”, “Reptilia”, por nombrar una de cada disco, contaron con ese multitudinario coro de voces adolescentes y desafinadas tan propio de este público. Al show no le faltó ningún tema (por ahí “Soma”, “Razorblade”, “Ask me anything”, repasando mi propia lista de favoritos) ni le sobró demasiado, tampoco. De manual, los tipos tocaron, hicieron mojar a las minitas (vale reconocer la facha de los cinco, especialmente de Casablancas, que, dicho sea de paso, su voz está mejor que nunca) y se fueron. Dicen que cada uno por la suya, tal como llegaron al país. Se ve que entre sí no se bancan, y eso en el escenario se nota bastante, pero hay que laburar. El laburo de ellos es estar ahí arriba y, antes y después, en el Faena Hotel. No es resentimiento, al contrario. Se lo bancamos nosotros; se lo retribuimos nosotros, los jóvenes de los 2000, a una de las bandas de nuestra generación. Pero que la próxima, si hay, sea sin VIP.

2 mensajes en el contestador:

Brian dijo...

uff, estuvo estuvo asi____________________ de buenisimo, segui con este mismo tono de voz, que vas perfecto

Anónimo dijo...

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