8 de febrero de 2011

Europa

Se filtran voces en un idioma distinto a este, en que se escriben todas estas palabras. Vaya a saber qué idioma. Una pista: un tubo de teléfono esté sostenido por una muñeca de mujer, en Berlín. El otro, en Buenos Aires. Primer mundo y Tercer mundo. En el medio no hay sino toda una historia de sometimientos, sangre, desigualdad, injusticias. Globalización. Es la palabra que mejor y peor describe tanta miseria, tanto desnivel, tanta relación diplomático-carnal. Pero esto pasa por otro lado. Comenzó hace treinta días, quizás un poco más. Quizás dos meses antes de esa comunicación. Antes también, todavía más antes. Dos años. O más: más de cuatro años. No, más atrás en el tiempo. Hace más de cinco años que mantienen una conversación los que hoy (o ayer, o antes de ayer, ya es irrelevante) pegan cada teléfono a sus oídos, en cada uno de esos dos puntos del mapa. Desde una estación de subte llena de pasajeros en tránsito y el ruido de los trenes que vienen llegando y se van yendo; hasta una habitación llena de signos de esa mujer: fotos, cartas, recuerdos, discos, libros y lágrimas secas en las almohadas, en las sábadas, en las mejillas; lágrimas de dos o tres o cuatro días atrás, ya es irrelevante. Están ahí, los dos, con cables o inalambricos, conectados, escuchándose, hablándose, repitiéndose los mismos modos, las mismas banalidades, las mismas vanidades, lo mismo que se dicen estando a menor cantidad de kilómetros, o metros, o centímetros de distancia. En realidad, entre estos dos hay más distancia que cercanía; entre otros dos cualquiera también hay más distancia que nada. El ser humano es autónomo, vive solo, separado del resto de la humanidad. Hasta que se da ese instante inexplicablemente necesario del beso. Cuando se funden dos o más bocas en un encuentro de saliva, de sabores, olores, texturas. No siempre es de amor. Al menos no la primera vez, tampoco en la segunda. Entre estos dos no siempre fue así. Lo saben, lo reconocen porque así fueron en el principio, en sus principios, más allá del cariño, que no es igual. El amor vino después, mucho después, dos años atrás, o casi, qué importa cuándo. El amor que une a través de la distancia. El amor que espera. El amor que extraña. El amor que cruza los dedos para que estos dos vuelvan a verse para satisfacer la necesidad de unirse, de intercambiarse fluidos, sentimientos, pensamientos. De exorcizar la algidez de los últimos días y los que vendrán. De los meses anteriores, de dudas, de orgullos, de miedos, de celos, de tragedias. De saber de lo estrecho e irrompible e indeleble de su vínculo, más firme y sostenible y barato y agradable que una llamada internacional. Más que cualquier cosa. Más que nada. Cuando lo sepan, todo quedará atrás, en el tiempo, escrito en alguna parte, en esta hoja. Cambiarán el pasado imperfecto al presente continuo y futuro perfecto. Y que Europa, Israel y todo lo demás (también) se vayan a la concha de su hermana.

2 mensajes en el contestador:

juuli dijo...

Hoy hablaba del tema y decia que uno de los principales motivos por los que estoy tan enamorada de vos, es que porque sos la persona en todo mi mundo que mas admiro.
leo lo que escribis y siento admiracion, enorme, gigante. Me llena de orgullo estar al lado tuyo. A veces, de hecho, no puedo creer que seas mio.
hermoso, te amo tanto y jamas en toda mi vida senti este vacio de extraniar tanto a alguien..
pero vos lo dijiste, es el amor que crece a la distancia, es el amor que espera.
Ya estoy, esperame, aguantemos..
Te amo, siempre, y cada vez mas

Anónimo dijo...

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